miércoles, 26 de septiembre de 2012

2. Hallazgos del sistema solar

1.-Vida no tan lejos...
Quizá no hay que buscar en los confines del Universo para encontrar pequeñas formas de vida. Y es que los últimos descubrimientos han elevado el optimismo de los científicos respecto a la posible existencia de vida en el Sistema Solar. En 1996, el presidente de los Estados Unidos presentó al mundo un meteorito de origen marciano que contenía restos fosilizados de materia orgánica. Aquello significaba que en el pasado más remoto de Marte existieron formas de vida. Posteriores trabajos “desmintieron” aquella información y ofrecieron una tesis alternativa que echó por tierra la posible vida marciana. No obstante, otros estudios recientes llevados a cabo por científicos adscritos a la NASA –como la española Carmen Ascaso– volvían a recuperar la tesis original. Tras los estudios que realizó, aquellas cadenas fosilizadas se presentaban como una indudable evidencia de vida. Pero los dimes y diretes no han concluido: entre los días 26 y 30 de marzo, los científicos de la Fundación Carnegie presentaron en la Conferencia de Astrobiología de Washington un trabajo según el cual esos fósiles “podrían representar la primera evidencia de síntesis no biológica de moléculas orgánicas en Marte”. Pese a ello, los responsables del trabajo todavía no las tienen todas consigo: “No hemos disipado el debate sobre si existen evidencias de vida en ese meteorito”, concluyeron los investigadores. 
 2.-¿Ocho mundos con vida?
Pero la esperanza no sólo se centra en Marte. Según el propio Shostak, hasta ocho puntos del Sistema Solar presentan en la actualidad modelos geológicos para sostener vida. Uno de esos mundos es Titán, el satélite de Saturno en donde se descubrieron ingentes cantidades de gas metano, que habitualmente se generan como consecuencia de procesos biológicos, si bien los trabajos de la Universidad de Arizona (Estados Unidos) efectuados a partir de los datos enviados por la sonda Cassini-Huygens han descubierto que tres etapas de convulsión geológica en el pasado de esta luna saturnina pudieron “fabricar” el metano. Sin embargo, los trabajos del químico David Grinspoon barajan la posibilidad de que ese gas metano unido al etano pueda servir como alimento microscópico para formas de vida que existan en posibles lagos subterráneos. “¿Improbable? Sí. ¿Imposible? No”, sostiene Shostak. Sin embargo, la sonda de la NASA ha descubierto agua líquida en otra de las lunas de Saturno. Se trata de Encelado, un planetoide cuya superficie es poco mayor que la de España, pero en la cual la presencia de geiseres ha permitido descubrir que hay lagos subterráneos que se mantienen en estado líquido debido al calor que genera el núcleo del satélite. Algo similar ocurre en algunas lunas de Júpiter. Por ejemplo, en Europa, en donde las particularidades de sus campos magnéticos hacen sospechar a los científicos que hay agua por debajo de los diez kilómetros bajo la superficie. Lo mismo puede decirse de Ganímedes y Calixto, otros dos satélites jovianos. Cuando Clinton presentó a la opinión pública mundial el meteorito marciano, aquella “piedra” se convirtió en la prueba más esperanzadora de vida fuera de la Tierra. Diez años después, la lista de mundos con condiciones para la vida se eleva a ocho. Entre ellos está incluso Venus, un planeta que hasta recientemente se antojaba como poco más que un infierno, pero estudiosos como David Grinspoon –del Instituto de Investigaciones del Sudoeste de Estados Unidos– han descubierto que las mismas nubes de ácido sulfúrico pueden proporcionar las condiciones para que en Venus se den formas de vida primaria. “En la década de los ochenta, muchos científicos creían que los mundos más allá del nuestro sólo eran bolas inanimadas de roca, pero ese pesimismo es cuestionable… los elementos para favorecer la aparición de vida están en al menos ocho lugares del Sistema Solar”, concluye Seth Shostak

3.-Monolitos, flechas y la estrella de la muerte
Los satélites de Marte siempre han estado rodeados por un aura de misterio, en especial Fobos, que tiene
un movimiento de traslación más rápido que el de rotación del planeta, una de las razones por las que se 
especuló sobre su origen artificial. La llegada de las sondas que los fotografiaron despejaron las dudas. 
Fobos, como Deimos, no es más que una gran roca espacial. Sin embargo, es posible que ambas encierren 
todavía algún misterio. Una imagen de la superficie de Fobos obtenida por la sonda Mars Global Surveyor 
desveló la existencia de una curiosa formación que tiene la apariencia de un monolito. Las imágenes, aunque 
no todo lo claras que sería deseable, muestran esa posible estructura gigante, y la gran sombra que proyecta.
A medida que las sondas espaciales han ido llegando a los diferentes cuerpos del sistema solar se ha 
ampliado el catálogo de anomalías, de formaciones de aparente origen artificial. Hasta en el ardiente Venus, 
con unas condiciones ambientales que resultan muy difícil de imaginar compatibles con la vida, se han 
encontrado formaciones sospechosamente simétricas. Las imágenes del interior del cráter Danilova enviadas 
por la sonda Venus Express muestran algunas de esas formaciones rectilíneas que parecen demasiado 
regulares como para ser simple obra del azar.
Las primeras sondas que han estudiado los sistemas de las lunas de Júpiter y Saturno –que son casi 
pequeños sistemas solares–, también han encontrado indicios de posibles formas geométricas de origen 
artificial. Europa, satélite de Júpiter, muestra en su superficie una serie de intrincadas formas rectilíneas, 
como una red, en las que muchos ven una obra inteligente, y no el simple capricho de la naturaleza. Otro 
ejemplo es Tetis, una de las lunas de Saturno, en cuya superficie se fotografió claramente lo que parece una 
gigantesca flecha, aunque es posible que sea una simple coincidencia geológica, al igual que la serie de 
anomalías que rodean a otro de los satélites de Saturno, Japeto. 
Después de analizar las imágenes de esta luna captadas por la sonda Cassini-Huygens, Richard Hoagland 
creyó descubrir el secreto de Japeto, que no es otro que su origen artificial. Aunque resulta difícil concebir 
qué tipo de tecnología sería capaz de fabricar una esfera de 1.500 kilómetros de diámetro, no se puede 
descartar que una civilización mucho más avanzada que la nuestra pueda realizar obras de ingeniería a escala 
planetaria. 
Entre las anomalías más destacadas de Japeto se encuentra la presencia de un gigantesco anillo ecuatorial, 
que se eleva por encima de los veinte kilómetros de altura y que, según plantea Hoagland, sería el refuerzo 
que uniría las dos mitades semiesféricas que formarían el satélite. Además, en su superficie se aprecian una 
serie de patrones geométricos, que podrían ser la clave de la composición de este posible astro artificial, una 
especie de versión de la «Estrella de la Muerte» de la saga cinematográfica de La Guerra de las Galaxias. 
Estaría formado por icosaedros truncados, con una forma muy similar a la esférica, aunque no exactamente 
igual. El secreto de este satélite artificial sería su composición: nanotubos de carbono, el material conocido 
más resistente a la tensión. 








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